Para Siempre (Desencuentro En El Olvido)

Por Axel Pi Cavallero.

Hoy, en uno de esos instantes que llegan, como siempre, por sorpresa y pueden cambiarte el día o la vida entera, he vuelto a pensar en ti, como si estuviera en un sueño despierto, en otra romántica esfera…

Allí, se nos veía bien abrigados y estábamos de pie, quietos el uno delante del otro, mirándonos después de muchos días de distancia. Te miraba, borrándolo todo (como siempre), y luego me acercaba a ti con la confianza de un amante correspondido... Y me atrevía a cogerte de la mano. Y a acariciarte los dedos...
En este sueño despierto, reconociendo la mueca pizpireta de tu rostro de porcelana que tanto me gustaba, te apretaba la mano y te decía, con la voz quebrada y la puerta del alma estrecha, que ya estaba demasiado cansado de amarte como te había estado amando hasta entonces y que, al fin, creía que empezaba a olvidarte. Y entonces, le susurraba a un corazón en llamas, el mío, que aquel instante, después de tanto tiempo, no era como me lo había imaginado: liberador.
Mirándote, en esa romántica esfera, te confesaba que empezar a olvidarte era necesario, sí, pero que percibirlo era tan doloroso como perderte de nuevo, ahora en un lugar todavía más lejano y en mitad de un segundo destinado a convertirse en un Para Siempre, como el que acompaña al amor cuando nace y lo hace de verdad.

Y allí, bien abrigado, de pie ante tus ojos dormilones, soltaba tu mano y te dejaba de acariciar, mirar y descubrir, amor mío, Para Siempre.

Pintura_ParaSiempre 

Pintura de Nina Cavallero, inspirada en el relato de Axel.

Por Axel Pi Cavallero

Era de noche, casi entrada la madrugada. Fuera, en la calle, todo estaba tranquilo, como de costumbre y yo, cenaba solo en casa, con el equipo de música encendido. De pronto, el disco llegó a su fin y se hizo el silencio. Yo, seguí comiendo, bajo ese manto de calma que a uno le arropa cuando alguien baja, de golpe, el volumen del ambiente. Entonces, reconocí el sonido que uno provoca al masticar, cuando éste le llega desde su propia orofaringe. Reconocí también el sonido de los cubiertos cuando acarician la cerámica de la vajilla, cuando chocan con ella, cuando se dejan caer sobre el plato. Reconocí el sonido de un sorbo de agua y el del vaso cuando se deposita sobre la superficie de la mesa de madera. Reconocí también mi soledad…  Pero no pude reconocer un extraño ruido, parecido al de un motor en marcha que, de pronto, parecía llegarme desde muy cerca.

    -  ¿Qué es ese sonido? – me pregunté interrumpiendo la cena -. ¿De dónde viene? Parece que lo haga de la cocina, de algún electrodoméstico que me estará advirtiendo que lo peor de su existencia está por llegar. 
    Me acerqué hasta allí y puse la oreja cerca de cada uno de los aparatos que podían ser responsables de aquel extraño zumbido. Y sí, al acercarme a ellos, el sonido estaba presente, pero con la misma intensidad con la que se escuchaba desde el comedor.
    Cambié radicalmente la zona de búsqueda y me fui hasta mi habitación, situada en el lado opuesto a la cocina. Allí, todo parecía tranquilo. La cama hecha, los cojines bien colocados sobre  el edredón blanco, la persiana todavía levantada y un aparente silencio reinando en el ambiente, aparte del sonido de motor encendido que me seguía llegando con la misma claridad.
    Abrí de golpe la ventana, dando por hecho que aquello, sólo podía venir del exterior. No fue así. Fuera, el motor estaba parado. Cerré con resignación la ventana… Y empecé a inquietarme. Y me  aventuré a especular:
    - Esto sólo puede proceder del piso de abajo, donde mi vecino debe tener algún aparato en marcha de escandaloso efecto. En cuanto me lo encuentre, un día de estos, en la escalera, le sacaré el tema del motor encendido y le pediré que busquemos, amistosamente, una solución que pueda calmar mi molestia.
    Pasaron un par de días… No surgió el encuentro en la escalera. El sonido no desaparecía y mi angustia persistía.
    Llegó el fin de semana… Y por suerte, tuve la oportunidad  de pasarlo en el pequeño apartamento que mi familia tiene frente a una porción del Mediterráneo, en el Alt Empordà, donde, cuando llega la noche, la tranquilidad es total y el silencio, acompañado por el rumor de las olas muriendo en la playa, resulta terapéutico.
    Llegamos allí al atardecer. Mientras preparábamos algo para cenar, salí a la terraza, como hago siempre, para disfrutar de los primeros segundos del paisaje del mar y echarle un vistazo, rápido, a la roca en la que tú solías sentarte para meditar, mirando al horizonte, mientras escuchabas canciones y lanzabas piedras a la calita de enfrente…
    Cayó el sol, nos bebimos unos mojitos, cenamos, charlamos un buen rato y jugamos a las cartas hasta que llegó el primer bostezo.
    - Qué raro – pensé cuando todos ya dormían y yo me disponía a cerrar los ojos para empezar a pisar un sueño  –. ¡Rarísimo! ¡El sonido del motor del vecino de abajo llega hasta aquí!

Ayer, me sometí a una audiometría.
    - Tenemos un problema – confesó el doctor, sin tapujos, al terminar la prueba -. Sufre usted un trauma en el nervio auditivo del oído izquierdo. Ha perdido la capacidad de escuchar correctamente las frecuencias agudas comprendidas entre los 3.000 y los 6.000 Hz. Eso, con toda seguridad, ha provocado también los acufenos de los que se queja.
    -  Vaya… - respondí.
    Y seguidamente se puso a escribir en una hoja de recetas.
    - Tómese esto 3 veces al día. Es un vasodilatador que aumentará el riego sanguíneo al nervio y quizás produzca alguna mejora. Aunque también es posible que, con eso, no consigamos gran cosa y en ese caso… Bien, usted debe saber que el tejido nervioso no se regenera y que no hay un tratamiento eficaz contra la pérdida de audición. ¡Por eso hay sordos en el mundo!
    - ¡Todo un ejemplo de médico empático y con tacto! – pensé.

    Y entonces encaré la situación:

    - Mire Doctor, a mí, por el momento, la pérdida de audición no me preocupa en exceso. Lo que me inquieta realmente, es pensar que no desaparezca nunca el ruido que tengo alojado en mi interior.
    - Bueno, para eso, y avanzándonos a los acontecimientos en caso de que no consigamos nada con estas pastillas, le aseguro que el mejor tratamiento es hacerse amigo del ruido. Hay asociaciones de pacientes como usted. Allí, la gente comparte su problema y eso les ayuda a no sentirse solos en el mundo.
    - Ante tal ola de profesionalidad sensible - pensé -, no creo que pueda quedarme aquí sentado mucho rato más. Creo que digeriré esta información y buscaré mejores respuestas lejos de esta consulta.
    Me despedí y salí por la puerta del centro médico, no sin antes aceptar un papelito con la cita para una siguiente visita a la que seguro no acudiré.

Pasó el día ante mí… De noche, mucho más tranquilo y de nuevo en casa, vi la televisión un rato. La apagué luego… Y provoqué la ausencia del sonido. El motor, como pasará cada vez que, de ahora en adelante, me quede solo y en silencio, en cualquier parte del mundo, volvió a encenderse en el interior de mi oído izquierdo, recordándome que tú, amor mío, ya no estás aquí, para charlar un rato conmigo.

Tu recuerdo, como te dije hace un tiempo, siempre me coge por sorpresa.
    Echarte de menos más de lo que quisiera, y a éstas alturas, suele convertir  esto en una isla tan nostálgica y melancólica como Menorca.

Ésta mañana, sopla viento de Garbí. Debería ir a bañarme a las playas del norte, donde las olas no arrastren hasta la orilla las medusas y el mar no lleve consigo tu nombre.

Acrílico para_HoySoplaVientoDeGarbí definitivo
Pintura de Nina Cavallero, inspirada en el relato de Áxel.

Por Axel Pi Cavallero.

Hoy caí en que, la pasada noche, por primera vez desde que te fuiste, alguien ocupó tu mitad vacía de la cama.
Por primera vez… Donde habíamos estado tan cerca…
¡Con todo el peso que eso tenía en mi conciencia antes de que ocurriera!

Ahora ya está.

Ha pasado por primera vez…
Y entonces, el recuerdo de mis primeras veces, de pronto, ha sacudido mi memoria.

Recuerdo pasar mucho tiempo buscando a la chica ideal a la que dar mi primer beso. Mi primer beso. Ella (yo solía llamar Ella a la chica que tenia idealizada), iba a ser... ¡Ideal! De Ella me enamoraría repentinamente. Reconocería el amor de mi primer beso de inmediato, porque no iba a tener ninguna duda acerca de mis sentimientos cuando a Ella la tuviese delante, cuando la conociese, cuando la empezase a descubrir…
Recuerdo mi incansable y dilatada búsqueda de la chica ideal con la que hacer el amor por primera vez. Mi primera vez. De Ella debía enamorarme repentinamente. Reconocería el amor de mi primera vez de inmediato, porque no iba a tener ninguna duda acerca de mis deseos cuando a Ella la tuviese delante, cuando la conociese, cuando la empezase a descubrir… A Ella le entregaría todo, y seguramente, ella sería la mujer junto a la que terminaría envejeciendo. Si la persona ideal, es aquella con la que uno quiere compartir el resto de los años de su vida, pocas otras opciones me ofrecía el destino si al final resultaba que ella era Ella.

Ahora, entiendo que ese pensamiento, aparte de rozar lo iluso, no era muy propio de un chico de la edad con la que yo entonces lidiaba. Estoy seguro de que yo solo, nunca hubiese llegado a cavilar algo parecido si no es porque una persona, la que me inculcó todo el idealismo del que ahora sigo siendo víctima, un día tuvo el fatal y sensible detalle de alertarme y aconsejarme en los asuntos relacionados con el amor y el sexo.

 - Evita que tu primer beso sea con una  chica que no te guste de verdad, de la que no creas estar realmente enamorado – me dijo una tarde, con tono convincente, mientras bebíamos una deliciosa horchata en el barrio de Sarrià. – Sino – sentenció - te arrepentirás de ello toda la vida.
Y aunque ese día él dio por concluida aquella trascendental sesión y consumimos tranquilamente lo que nos quedaba de horchata, lo que marcó mi existencia afectiva es que ahí no quedó la cosa. Años más tarde, la misma persona se animaría a hablarme acerca del hecho de hacer el amor por primera vez. Por supuesto, tras su nuevo y contundente consejo, me quedó clarísimo que si no lo hacía con la chica por la que sintiese el amor más irrefrenable, terminaría hundiéndome luego en la desesperación y el vacio más profundos. Y ahí mi estigma…

Cuando me hice algo mayor, aparte de saber que aquello no debí habérmelo tomado en su sentido más radical, descubrí que aquella persona, consejera de mi corazón, en su infancia, había besado por primera vez a una niña por la que no sentía nada especial, sólo porque se topó con la posibilidad de hacerlo y no pensó en si lo deseaba de verdad. Con el tiempo, también supe que él, guía de mi amor por descubrir, se desvirgó gracias a los servicios nada románticos de una amable dama de salón y no precisamente con la que se convertiría en su amor verdadero. Por eso y por toda la felicidad que se que él me desea, su consejo era más que plausible. Quiso impedir, a toda costa, que yo viviera su mismo desencanto, pero quizás olvidó que yo, que ya apuntaba maneras en eso de desajustar lo terrenal en lo relacionado con el amor, podía correr graves riesgos cargando con el peso de aquel objetivo vital.

Yo, recién iniciado en esto del idealismo equivocado, terminé pasando mi joven etapa de instrucción amorosa huyendo de los besos de chicas por las que sentía un deseo efervescente, por creer que ellas no me gustaban lo suficiente. Se trataba de una convicción total, abrumadora, que no admitía negociación. Pero… ¿Y cómo debía gustarme alguien para tener la certeza de que podía ser ella a quien besar por primera vez? Eso, nunca lo he sabido…

Cuando una noche, a una edad mucho más tardía de la que puede enorgullecer a un adolescente, besé a mi primer beso, pensé inmediatamente en la terrible bobada que, durante años, había cometido, dejando pasar tanto tiempo sin disfrutar de aquello tan bonito. La chica a la que besé no resultó ser el amor de mi vida, pero en mi memoria ocupa un lugar inolvidable. El del primer beso…

Durante los años siguientes, me vería a mi mismo escapando de habitaciones y alcobas alegando baratas excusas con el pantalón desabrochado. Todo por tener la impresión de que la chica que me estaba desnudando, para hacer el amor en mi primera vez, no era Ella sino Otra. El enfrentamiento a mi deseo fue siempre firme en aquel tiempo. Siempre sin fisuras, en todo momento… Hasta que choqué de frente con el peligro del que nunca nadie me había advertido. El consumo del alcohol en grandes cantidades puede provocar aquello que escapa de nuestro control…

La mañana siguiente de una noche de jolgorio juvenil con música, derroche alocado de feromonas y licor barato, desperté en una vieja cama, de colchón de lana y cabezal de caoba, de una de las habitaciones de la casa en la que se celebró la fiesta. Desnudo, helado, con una terrible resaca y una inquietante laguna en mi memoria, me levanté sin mi virginidad; la que yo, durante tanto tiempo, había estado guardando para Ella. A Ella, efectivamente, no sólo no la recuerdo en esa fiesta sino que, por más que la buscara luego entre los pliegues de aquella cama, no la encontré en toda la mañana. Allí, a mi lado, no estaba ni Ella, ni la chica con la que tanto había hablado en la fiesta, ni nadie… Sólo la ironía de una larga espera para nada.

Los años que viviríamos más adelante nos llevarían, a ti y a mí, a conocernos, a amarnos con apasionamiento y a abrazarnos por la noche en una cama, con cabezal plata y confortable colchón de látex, situada en la parte este de nuestra casa. Pasaron los buenos tiempos y llegaron los malos y, con ellos, tu ausencia.

Una mañana, al levantarme, giré la cabeza y me fijé que la sábana de la mitad que tú antes ocupabas seguía intacta, mientras que la mitad en la que yo dormía había despertado tan arrugada como de costumbre. Hasta ese momento, no me había dado realmente cuenta de que ahí, justo ahí, yo me había quedado sólo...

Y entonces, sin quererlo y repitiendo un patrón ya conocido por mi juventud, idealicé a la chica que, algún día, llevaría hasta ahí, sin ti, por primera vez. Si yo mismo, a lo largo de tantas noches, inconsciente en mi profundo sueño de compulsivas vueltas y acrobacias entre sábanas, no era capaz de cruzar el espacio de tu recuerdo para arrugarlo, ¿cómo podría ocupar algún día alguien ese lado intacto de la cama sin romperse luego mi corazón? Si alguien podía, sin duda alguna, esa era Ella (y yo solía llamar Ella a la chica que, a pesar de sus ligeras variaciones, siempre tenía idealizada).

Desde aquel día, esquivé cualquier posibilidad de que un nuevo romance, por más excitante que resultara, me acompañara a casa, sólo por creer que no me gustaba tanto como creía que debía gustarme la que tenía que dormir, por primera vez, en tu mitad vacía de la cama.

Ha pasado un tiempo. Y sin noticias de Ella…

Hoy, al llegar de viaje, me he dado cuenta que ayer noche, en casa, mi amigo y recién compañero de hogar había montado una fiesta. Los envases vacios de cerveza sobre la mesa del salón lo delatan. Al entrar en mi habitación, he visto el lado de mi colchón desecho y, ¡sorpresa!, también el que tú ocupabas… Y pelos de larga cabellera castaña sobre las dos almohadas.

Hoy he caído en que, la pasada noche, por primera vez desde que te fuiste, alguien había ocupado tu mitad vacía de la cama. Yo guardaba ese momento para Ella. Pero a Ella, por más que la haya buscado entre los pliegues de la sábana, no la he encontrado en toda la mañana, tampoco a mi querido amigo, ni a la chica que debió acompañarlo ayer noche hasta el santuario de tu recuerdo. No estaba ni Ella, ni nadie, sólo la ironía de otra espera idealizada para nada.
   
Nunca he sabido qué color de pelo tiene Ella, ni el de sus ojos, ni cómo de bellos deben ser sus labios. No sé si Ella, alguna vez, se ha cruzado en mi camino, o si me ha mirado sin yo advertirlo. No sé si alguna vez Ella ha rozado mi brazo, o me ha acariciado la mano o ha llegado a abrazarme, bien fuerte, para quedarse, bajo las sábanas de una cama. Sé que nunca la he reconocido pero que siempre la he estado esperando. Y ahora, que esto ha hecho que vuelva a tenerla presente, me deshilacho pensando en la posibilidad de que a Ella ya la haya tenido soñando conmigo, y de que, incluso, hasta la haya perdido, para siempre. Tiemblo y espero que Tú, amor, no seas Ella. Porque si es así, ¿ahora qué me queda?

Acrílico para MiPrimeraVez definitivo

Acrílico de Nina Cavallero inspirado en el relato de Áxel.

Por Axel Pi Cavallero.

Desde que cometí la tremenda estupidez de mirar sin anteojos al eclipse solar de aquel otoño del 2005, mi dolor y mis ojos no son los mismos. Era tres de octubre y yo, motivado por una curiosidad casi infantil, miré sin filtros, aunque durante menos de un segundo, como la luna ocultaba al sol. Aquello, no obstante, fue más que suficiente para que el efecto de su luz sobre mis retinas me transformara, para siempre, en una persona algo distinta. O al menos, eso es lo que yo creía antes de que te viera por primera vez con él. Antes de que tuviera la primera ocasión de añorarte de verdad…

Al mirar directamente al eclipse solar del otoño del 2005, sentí como penetraba, punzante y despiadado, todo el poder del sol a través de mis órbitas para esparcirse por toda mi cabeza. Después de aquello, aún aturdido, estuve hasta dos semanas obsesionado con la idea de haber perdido parcialmente la vista, porque los restos de los malditos rayos del sol desnudo estuvieron aguijoneando diariamente mis ojos, como si fueran el azote a un niño por haberse perdido buscando un tesoro. Tenía la sensación de haberme castigado de por vida. Por suerte, no fue así. Una mañana de aquel mismo mes, sin más, mi angustia hipocondríaca empezó a desaparecer y con ella, los pinchazos sobre mis retinas y aquel extraño dolor.
Sin embargo, algo en la fisiología de mi sistema ocular sí cambió para siempre. Después de mirar sin protección solar a aquel eclipse, cada vez que bostezo, y yo suelo bostezar escandalosa y gustosamente muy a menudo, saltan a raudales gotas de agua y sal desde mis ojos; enormes lágrimas que empañan mi visión y me devuelven el recuerdo de aquel otoño del 2005, el del eclipse, cuando todavía nos amábamos y yo te dedicaba románticamente nuestros discos. Desde entonces, al bostezar, sin más, lloro perdidamente y no tengo más remedio que secarme aquel recuerdo con la palma de mi mano.
Después de aquella experiencia, durante más de dos años, lo único que provocó mi llanto fueron mis bostezos. Nada más, por muy extraño que parezca. Ahora se que eso se debió a que, por aquel entonces, tú y yo andábamos sumergidos en una incómoda felicidad.
Cuando me dejaste, imaginé que tenía un motivo más que suficiente para volver a llorar desconsoladamente, aparte de los sollozos que sólo provocaban, hasta entonces, los suspiros de mi agotamiento.
Entonces llegó la noche, de un cansado día de numerosos y desvergonzados bostezos, en la que te pensé repentinamente y me entristecí luego enredado en aquel sentimiento.
- Voy a llorar. – pensé. –. Necesito llorar.
Y cuando creía que iba a hacerlo, cuando tu ausencia se hizo tan grande como el sofá gris de nuestra sala de estar, me sorprendí al no percibir ni una sola lágrima cayendo por mi mejilla en todo el rato que duró aquel recuerdo.
- ¿Qué me pasa? – me dije. -. ¿Por qué no lloran mis ojos? ¿Acaso no queda ya ni una gota de tristeza en mi interior?
Efectivamente, la había derramado toda con mis bostezos.
Durante los cinco meses siguientes a nuestra ruptura, seguí perdiendo esporádicamente todas mis lágrimas cada vez que me sentía cansado, cada vez que mis ganas de acostarme o mi aburrimiento provocaban aquellas habituales espiraciones. Lo curioso era que, si el vacío me llevaba luego tu nombre, si recordaba luego el fin de nuestro viaje y me rompía por dentro, como no quedaba bajo mi epidermis más agua y sal que expulsar por mis poros, no conseguía llorar por ti por más que quisiera.
- Desde aquel eclipse solar del 2005, ya no soy el mismo tipo de antes. – pensé -He perdido mi romántica capacidad de llorar por el amor desvanecido. Por el amor verdadero. ¿En que me he convertido? – me repetía a mi mismo -. Si ahora no lloro por ti, ¿será porqué he dejado de quererte como antes? ¿Qué hizo conmigo aquel eclipse que me ha quitado la facultad de seguir amándote a pesar de todo, a pesar del daño que me hiciste?
Una tarde de primavera, sin embargo, descubrí que aquel fenómeno astronómico, por fortuna, no me había causado un daño tan irreparable, que todavía te seguía queriendo con el mismo dramatismo con que lo hacía, que podía y podré seguir llorando por ti toda mi vida. Esa tarde primaveral del 2008 te vi llegar con un extraño conocido, andando sobre un hormigón tan frío como nuestro reencuentro. Observé lo que durante años sólo podían ver los demás cuando llegabas cogida de mi mano. Te vi llegar con tu pareja y aquella imagen me hundió en las tinieblas de un llanto emocionante. ¡Puedo llorar! – pensé –. ¡Eso sí, puedo llorar!

Hoy en día, sigo haciéndolo escandalosamente cada vez que me ataca un bostezo, y sigue ocurriéndome que eso me roba las lágrimas que antes derramaba por amor. Desde aquel eclipse de otoño del 2005, he dejado de llorar por lo que me entristece verdaderamente. Aquello por lo que antes solía sollozar. En ese aspecto, sí que considero que he cambiado para siempre. Desde aquello, lloro únicamente al bostezar. Sólo guardo en mi interior unas pocas lágrimas que, de vez en cuando y cogiéndome siempre por sorpresa, deberá verter nuestro desamor.

   Acrílico para EclipsedeOtono definitivo

Acrílico por Nina Cavallero. Pintura inspirada en el relato de Áxel.

Por Axel Pi Cavallero

¿Recuerdas? Cuando empezamos el viaje, te llevé a una isla. Un día, buceando sin aire, mientras el sol se escondía detrás del acantilado de nuestra cala, saqué de la nada una risa y luego te besé fuerte.           
 
Cuatro años más tarde, cenando en casa, enciendes la tele, sin decir una palabra.
- Tendí la ropa esta mañana y, sí cariño, cerré todo con llave.         
 
¿Por qué, con el tiempo, la risa perdió el salitre y lo nuestro se quedó ahí, mirando el mar en la cala?

¿Recuerdas? Tú me besaste primero, como la lluvia de agosto a un desierto herido. Ante ti, mi amor crepitaba en chimeneas de barro y yo, vida mía, ya te sentía mi persona favorita.

Ahora, todo nuestro contacto ha quedado reducido al sonido de unas voces cubiertas por membranas de un incendio extinguido.           

¿Por qué, con el tiempo, cuando te mece el viento, ya no te rompes conmigo?

¿Recuerdas? Si se torcía una fiesta, con el sol en los ojos, sin dormir ni nada, tú y yo soñábamos, mientras nos abrazábamos, con una casa donde caernos muertos.

Al fin tenemos casa, con un sofá enorme, un balconcito y un timbre que cuando suena a media tarde tú ya te has puesto el pijama…

Amor… ¿Es verdad que con el tiempo, sin darnos cuenta, nos hemos acomodado?

Hoy vaciaré los bolsillos sobre la antigua mesa, donde colocamos hace años nuestra foto de pareja. Dime ya si al final nos quedamos, para dormirme hasta mañana entre los huecos de tu cara.

Acrilico 

Pintura inspirada en el relato de Áxel, por Nina Cavallero.

Por Axel Pi Cavallero

Tenía trece años, vestía pantalón corto y creía conocerlo todo sobre el amor. Sin embargo, nada sabía al respecto y por lo visto, no me resultaba especialmente fácil separar mi idealismo de cualquier pensamiento de romanticismo. Por desgracia, con el paso de los años tampoco he aprendido a hacerlo. Incluso me atrevería a decir que, en relación al amor y la conquista, el tiempo me ha convertido en alguien más torpe todavía.

Era media tarde. Como los demás niños que me rodeaban, yo me limitaba a exprimir las horas que nos quedaban antes de abandonar aquel campamento de verano en el que viví, casi en silencio, un deseo tan tierno como mi preadolescencia. De pronto, todos interrumpimos cualquiera de los juegos en los que estábamos volcados. Nos llamaron y nos sentamos sobre un muro de piedra, sobre la hierba maltratada por nuestros partidos de fútbol y en el suelo de terrazo de aquella casa rural en la que estuvimos alojados durante dos semanas. Entonces, como cada año cuando llegaba el último día antes de regresar a nuestras casas, asistimos atentos al sorteo de parejas para la cena y baile de despedida. En cada segundo de aquella espera, nada latía con mayor intensidad que mi anhelo de ser yo quien le tocara a Ella. Y nos tocó juntos. Y yo me partí en dos. Llegó la noche, cené a su lado y, rodeados de niños sonrientes, nos miramos mil veces. Y a la luz de unas velas torpemente colocadas sobre largas mesas de comedor de colegio, escuché radiante todo el amor que ella echó sobre mí como lluvia vertical en verano.

–Tú, eres el chico que me gusta. – Me dijo con una timidez tan dulce como sus mejillas. Yo, que nunca antes había escuchado nada tan extraordinario, desconocía por completo que aquello que sentía no volvería a vivirlo, nunca más, con aquella misma intensidad. – Y a ti, ¿Quién te gusta? – Preguntó.

– Yo te responderé durante el primer baile.- Respondí con el gesto romántico del que me siento más orgulloso de todos los intentos de conquista novelesca que he desplegado a lo largo de mi vida.    

Más tarde, tímidos y torpes, bailamos un ingenuo vals hasta que, de pronto, me paré ante su cuerpo trémulo y correspondí su amor.

– A mí, quien me gusta, eres tú.

– No me digas esto si no lo piensas de verdad. – Me dijo. Y se lo repetí. Hasta tres veces. Y ella se partió en dos.

Rotos, con la infancia en pedazos, no supimos qué hacer luego con aquello tan nuevo, hermoso y aterrador. Paralizados, mientras la música se silenciaba con el latido de nuestros corazones y los demás niños, bailando a nuestro alrededor, dejaban de existir en el tiempo, nada supimos hacer para convertir aquel instante en un beso que nunca llegó. ¡A lo largo de la vida que he gastado desde aquel segundo, he pensado tantas veces que hubiera bastado un pequeño beso para terminar con aquel maravilloso dolor nacido esa noche bajo mi esternón!

Pasaron los años, y aquello desapareció un día, junto al dolor, sin más. Hasta entonces, en cada uno de mis siguientes encuentros fortuitos con Ella, no hice más que llevar a cuestas una cobardía que ya no me abandonaría, dejando pasar cada vez la oportunidad de seguir viviendo aquello con la misma intensidad con la que había estallado ante mí. Tanto murió en la nada, y yo sigo hoy sin entenderlo. Supongo que nada sabía entonces y nada sé ahora acerca del amor, porque nada supe hacer con él cuando lo tuve, bailando un vals conmigo, agarrado a mis manos. Supongo que nada sabía entonces y nada sé ahora acerca del amor, porque nada se hacer con él cuando lo tengo ante mis narices.

Imagino que el tiempo terminaría por barrer aquellos jóvenes pedazos que quedaron esparcidos, aquella noche, por la pista de baile del campamento de verano en la que culminé mi primera historia romántica. Y que alguien los recogería, para convertirlos en recuerdo…

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Pintura de Nina Cavallero, inspirada en el relato de Axel.

Por Axel Pi Cavallero

La otra noche, después de un concierto (y debo admitir que me resulta aburrido que todo lo que me ocurre últimamente esté tan vinculado a nuestras actuaciones), un tipo, moreno, de ojos castaños y chaqueta gris, me pidió que le firmara la portada de El Incendio.


 – Por supuesto, es un placer. – Respondí. Tras devolverle su cd rojo con “el beso no dado”, y cuando ya me disponía a entrar de nuevo al camerino a rellenar mi copa, el mismo tipo moreno me cogió del brazo y preguntó:

- Oye… ¿Por qué no escribes algo nuevo en el blog? Hace tiempo que no haces más que actualizar el Facebook para anunciar vuestras próximas fechas. ¿Qué hay del resto, Axel?

- No lo sé. – Respondí. Y bajé la mirada. Verdaderamente, no sabía a qué se refería con aquello de “el resto”.

 - Ya…  ¿Y si escribes sobre algo al margen de la gira? – Insistió.

Y de inmediato, contesté:

- No. Ahora mismo, aparte de la gira no creo que pueda hablar de nada que no esté en profunda relación con el desamor. Mi monotemática me resulta hasta cansina. ¿A quién podría interesarle si yo mismo la aborrezco?

– Hombre… – Dijo.- Quizás tengas razón. De todos modos, – aclaró- ¿No es El Incendio un disco de desamor? Lo que puedas contar sobre este tema, quizás les guste a los que, como yo, nos sentimos cerca de vuestro último trabajo.

– No tengo ni idea.- Concluí. Y entonces, me despedí de él, me metí en el camerino, rellené mi copa y me senté en una silla de madera vieja hasta que Marc y Jes vinieron a rescatarme.

Hoy, pocos días después de ese encuentro, estoy en Menorca, hasta donde me he escapado para tratar de relajar mi ritmo. Aquí, sin quererlo, he pensado un poco en lo que me sugirió aquel tipo preguntón de ojos castaños.

  Axelcascos

 

Menorca es un rincón del Mediterráneo muy puñetero. Es tan bello, que todo lo que uno vive o piensa sobre la superficie de esta roca se magnifica. Aquí, descubrí el amor verdadero. Años más tarde me vería a mi mismo recorriendo, cual ritual romántico y kamikaze, los escenarios que construyeron aquel amor sólo para recrearme en el recuerdo de lo que ya se me había escapado. Aquí, Sidonie ha facturado los conciertos más increíbles y los intentos de directo más vergonzosos. Aquí me he enamorado por un día y me he desenamorado para siempre. Aquí, entre Ciutadella y Maó, me he encontrado y me he perdido cien veces. Y todo porque aquí, lugar donde ahora me encuentro, terreno de contrastes, es donde he tomado algunas de las mejores y peores decisiones de mi vida. La que hoy mismo acabo de tomar, debería ponerse, de entrada, en tela de juicio, porque la confieso adulterada por los efectos de la Pomada (bebida típica de la isla a base de ginebra autóctona y limonada). Me disculpo de antemano por ello y doy por hecho que con el tiempo, acabaré catalogando esta como otra de mis decisiones erróneas. Sin embargo, os revelo que ahora mismo, cierto entusiasmo nuevo o una extraña necesidad catártica me empujan a comunicar que, a partir del martes de la semana que viene (27 de abril), me gustaría colgar y compartir, con aquellos que deseéis leerlo, una pequeña porción de las cosas que he escrito últimamente sobre el desamor. Un vez por semana, cada martes, y agrupados bajo el título de “El Terrible Encanto De Los Desencuentros”, publicaré en nuestra web (www.sidonie.net) y en el blog de los 40 Principales (www.los40.com), simultáneamente, un texto sobre un desencuentro en un episodio distinto del ciclo amoroso de una relación, y de ese modo seguiré hurgando en todo lo que ha ido construyendo mi particular incendio. Yo, a día de hoy, y asumiendo que estoy pisando el terreno de lo personal, sigo contemplando estos desencuentros como la consecuencia no superada de un primer enamoramiento de infancia, ya que al recordarlo consigo entender un poco alguno de los trazos de mi presente.

Por esa razón, a parte de la descripción de cinco episodios que trataran de describir el final de una historia de amor, añadiré un primer relato, basado en una primera experiencia amorosa (primera pérdida), con el que el próximo 27 de abril quedará inaugurado este blog.

Después de un total de seis entregas y coincidiendo con el inicio de la gira de verano de este disco (el de amor de Sidonie y el que me permite justificar lo que estoy a punto de hacer), prometo dejar todo esto al margen de mis prioridades afectivas, porque recrearme tanto en ello os aseguro que araña mis sentidos…

Espero que a vosotros no os resulte tan vacio de interés como temo. A los que les ocurra esto, por favor, les invito a que rindan cuentas con los encantos de este paisaje balear, con el tipo de la chaqueta gris y con mi desamor.

Espero que disfrutéis de “El Terrible Encanto De Los Desencuentros”.

Un beso.

 

El pasado fin de semana, anduvimos por Madrid con el corazón en llamas, porque iniciamos una nueva gira y sabemos que en ningún otro sitio nos vemos tan exultantes y felices como encima de un escenario... 

Axel

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A lo largo de una semana que hoy termina, y como avance exclusivo a su salida, hemos podido enseñaros todas las canciones de nuestro nuevo disco colgadas en nuestro Myspace. Os agradecemos el tiempo que habéis dedicado a descubrirlas, y sólo esperamos que os hayan gustado… A partir de mañana, 18 de agosto del 2009, día en el que se edita El Incendio, en el punto de escucha de nuestro perfil quedaran cuatro de estas doce canciones, además de toda la información que día a día irá creciendo acerca de la promoción y gira que nos queda ahora por delante.

 

En la hoguera se han ido amontonado ilusiones y grandes sentimientos. Mañana alguien la encenderá y El Incendio tomará vida… Fuego para que ardan los corazones suicidas de quienes lo escuchen y lo sientan.

 

Nosotros le dedicamos este disco al loco que inventó el amor. No rechacéis nunca

su invitación y bebed  su vino deliciosamente envenenado.

¡Feliz Incendio!

 

Sidonie


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Hace días que andamos algo nerviosos por presentar aquello en lo que hemos estado trabajando durante un tiempo tan largo e intenso. Desde el pasado lunes y hasta el martes 18 de agosto (fecha de la publicación del disco), si os apetece, podéis escuchar EL INCENDIO en exclusiva en www.myspace.com/sidoniespace. Por todo lo que hemos vivido durante la elaboración de este disco, podéis imaginar la ilusión que nos hace poder mostrároslo. Esperamos que os guste... + AMOR.

Axel

1sidFoto: Albert Manau

Sobre éste Blog

Sidonie está formado por Marc Ros, Axel Pi y Jesús Senra, un trío explosivo de psicodelia, rock and roll, pop, surrealismo y mucho amor. La banda catalana inicia nueva andadura con este blog en el que informará sobre sus cociertos, grabaciones y anécdotas más significativas de su vida como grupo. Sumérgete en el mundo Sidonie y disfruta .

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