Por Axel Pi Cavallero
Era de noche, casi entrada la madrugada. Fuera, en la calle, todo estaba tranquilo, como de costumbre y yo, cenaba solo en casa, con el equipo de música encendido. De pronto, el disco llegó a su fin y se hizo el silencio. Yo, seguí comiendo, bajo ese manto de calma que a uno le arropa cuando alguien baja, de golpe, el volumen del ambiente. Entonces, reconocí el sonido que uno provoca al masticar, cuando éste le llega desde su propia orofaringe. Reconocí también el sonido de los cubiertos cuando acarician la cerámica de la vajilla, cuando chocan con ella, cuando se dejan caer sobre el plato. Reconocí el sonido de un sorbo de agua y el del vaso cuando se deposita sobre la superficie de la mesa de madera. Reconocí también mi soledad… Pero no pude reconocer un extraño ruido, parecido al de un motor en marcha que, de pronto, parecía llegarme desde muy cerca.
- ¿Qué es ese sonido? – me pregunté interrumpiendo la cena -. ¿De dónde viene? Parece que lo haga de la cocina, de algún electrodoméstico que me estará advirtiendo que lo peor de su existencia está por llegar.
Me acerqué hasta allí y puse la oreja cerca de cada uno de los aparatos que podían ser responsables de aquel extraño zumbido. Y sí, al acercarme a ellos, el sonido estaba presente, pero con la misma intensidad con la que se escuchaba desde el comedor.
Cambié radicalmente la zona de búsqueda y me fui hasta mi habitación, situada en el lado opuesto a la cocina. Allí, todo parecía tranquilo. La cama hecha, los cojines bien colocados sobre el edredón blanco, la persiana todavía levantada y un aparente silencio reinando en el ambiente, aparte del sonido de motor encendido que me seguía llegando con la misma claridad.
Abrí de golpe la ventana, dando por hecho que aquello, sólo podía venir del exterior. No fue así. Fuera, el motor estaba parado. Cerré con resignación la ventana… Y empecé a inquietarme. Y me aventuré a especular:
- Esto sólo puede proceder del piso de abajo, donde mi vecino debe tener algún aparato en marcha de escandaloso efecto. En cuanto me lo encuentre, un día de estos, en la escalera, le sacaré el tema del motor encendido y le pediré que busquemos, amistosamente, una solución que pueda calmar mi molestia.
Pasaron un par de días… No surgió el encuentro en la escalera. El sonido no desaparecía y mi angustia persistía.
Llegó el fin de semana… Y por suerte, tuve la oportunidad de pasarlo en el pequeño apartamento que mi familia tiene frente a una porción del Mediterráneo, en el Alt Empordà, donde, cuando llega la noche, la tranquilidad es total y el silencio, acompañado por el rumor de las olas muriendo en la playa, resulta terapéutico.
Llegamos allí al atardecer. Mientras preparábamos algo para cenar, salí a la terraza, como hago siempre, para disfrutar de los primeros segundos del paisaje del mar y echarle un vistazo, rápido, a la roca en la que tú solías sentarte para meditar, mirando al horizonte, mientras escuchabas canciones y lanzabas piedras a la calita de enfrente…
Cayó el sol, nos bebimos unos mojitos, cenamos, charlamos un buen rato y jugamos a las cartas hasta que llegó el primer bostezo.
- Qué raro – pensé cuando todos ya dormían y yo me disponía a cerrar los ojos para empezar a pisar un sueño –. ¡Rarísimo! ¡El sonido del motor del vecino de abajo llega hasta aquí!
Ayer, me sometí a una audiometría.
- Tenemos un problema – confesó el doctor, sin tapujos, al terminar la prueba -. Sufre usted un trauma en el nervio auditivo del oído izquierdo. Ha perdido la capacidad de escuchar correctamente las frecuencias agudas comprendidas entre los 3.000 y los 6.000 Hz. Eso, con toda seguridad, ha provocado también los acufenos de los que se queja.
- Vaya… - respondí.
Y seguidamente se puso a escribir en una hoja de recetas.
- Tómese esto 3 veces al día. Es un vasodilatador que aumentará el riego sanguíneo al nervio y quizás produzca alguna mejora. Aunque también es posible que, con eso, no consigamos gran cosa y en ese caso… Bien, usted debe saber que el tejido nervioso no se regenera y que no hay un tratamiento eficaz contra la pérdida de audición. ¡Por eso hay sordos en el mundo!
- ¡Todo un ejemplo de médico empático y con tacto! – pensé.
Y entonces encaré la situación:
- Mire Doctor, a mí, por el momento, la pérdida de audición no me preocupa en exceso. Lo que me inquieta realmente, es pensar que no desaparezca nunca el ruido que tengo alojado en mi interior.
- Bueno, para eso, y avanzándonos a los acontecimientos en caso de que no consigamos nada con estas pastillas, le aseguro que el mejor tratamiento es hacerse amigo del ruido. Hay asociaciones de pacientes como usted. Allí, la gente comparte su problema y eso les ayuda a no sentirse solos en el mundo.
- Ante tal ola de profesionalidad sensible - pensé -, no creo que pueda quedarme aquí sentado mucho rato más. Creo que digeriré esta información y buscaré mejores respuestas lejos de esta consulta.
Me despedí y salí por la puerta del centro médico, no sin antes aceptar un papelito con la cita para una siguiente visita a la que seguro no acudiré.
Pasó el día ante mí… De noche, mucho más tranquilo y de nuevo en casa, vi la televisión un rato. La apagué luego… Y provoqué la ausencia del sonido. El motor, como pasará cada vez que, de ahora en adelante, me quede solo y en silencio, en cualquier parte del mundo, volvió a encenderse en el interior de mi oído izquierdo, recordándome que tú, amor mío, ya no estás aquí, para charlar un rato conmigo.
Tu recuerdo, como te dije hace un tiempo, siempre me coge por sorpresa.
Echarte de menos más de lo que quisiera, y a éstas alturas, suele convertir esto en una isla tan nostálgica y melancólica como Menorca.
Ésta mañana, sopla viento de Garbí. Debería ir a bañarme a las playas del norte, donde las olas no arrastren hasta la orilla las medusas y el mar no lleve consigo tu nombre.
Pintura de Nina Cavallero, inspirada en el relato de Áxel.