Por Axel Pi Cavallero
Tenía trece años, vestía pantalón corto y creía conocerlo todo sobre el amor. Sin embargo, nada sabía al respecto y por lo visto, no me resultaba especialmente fácil separar mi idealismo de cualquier pensamiento de romanticismo. Por desgracia, con el paso de los años tampoco he aprendido a hacerlo. Incluso me atrevería a decir que, en relación al amor y la conquista, el tiempo me ha convertido en alguien más torpe todavía.
Era media tarde. Como los demás niños que me rodeaban, yo me limitaba a exprimir las horas que nos quedaban antes de abandonar aquel campamento de verano en el que viví, casi en silencio, un deseo tan tierno como mi preadolescencia. De pronto, todos interrumpimos cualquiera de los juegos en los que estábamos volcados. Nos llamaron y nos sentamos sobre un muro de piedra, sobre la hierba maltratada por nuestros partidos de fútbol y en el suelo de terrazo de aquella casa rural en la que estuvimos alojados durante dos semanas. Entonces, como cada año cuando llegaba el último día antes de regresar a nuestras casas, asistimos atentos al sorteo de parejas para la cena y baile de despedida. En cada segundo de aquella espera, nada latía con mayor intensidad que mi anhelo de ser yo quien le tocara a Ella. Y nos tocó juntos. Y yo me partí en dos. Llegó la noche, cené a su lado y, rodeados de niños sonrientes, nos miramos mil veces. Y a la luz de unas velas torpemente colocadas sobre largas mesas de comedor de colegio, escuché radiante todo el amor que ella echó sobre mí como lluvia vertical en verano.
–Tú, eres el chico que me gusta. – Me dijo con una timidez tan dulce como sus mejillas. Yo, que nunca antes había escuchado nada tan extraordinario, desconocía por completo que aquello que sentía no volvería a vivirlo, nunca más, con aquella misma intensidad. – Y a ti, ¿Quién te gusta? – Preguntó.
– Yo te responderé durante el primer baile.- Respondí con el gesto romántico del que me siento más orgulloso de todos los intentos de conquista novelesca que he desplegado a lo largo de mi vida.Más tarde, tímidos y torpes, bailamos un ingenuo vals hasta que, de pronto, me paré ante su cuerpo trémulo y correspondí su amor.
– A mí, quien me gusta, eres tú.
– No me digas esto si no lo piensas de verdad. – Me dijo. Y se lo repetí. Hasta tres veces. Y ella se partió en dos.Rotos, con la infancia en pedazos, no supimos qué hacer luego con aquello tan nuevo, hermoso y aterrador. Paralizados, mientras la música se silenciaba con el latido de nuestros corazones y los demás niños, bailando a nuestro alrededor, dejaban de existir en el tiempo, nada supimos hacer para convertir aquel instante en un beso que nunca llegó. ¡A lo largo de la vida que he gastado desde aquel segundo, he pensado tantas veces que hubiera bastado un pequeño beso para terminar con aquel maravilloso dolor nacido esa noche bajo mi esternón!
Pasaron los años, y aquello desapareció un día, junto al dolor, sin más. Hasta entonces, en cada uno de mis siguientes encuentros fortuitos con Ella, no hice más que llevar a cuestas una cobardía que ya no me abandonaría, dejando pasar cada vez la oportunidad de seguir viviendo aquello con la misma intensidad con la que había estallado ante mí. Tanto murió en la nada, y yo sigo hoy sin entenderlo. Supongo que nada sabía entonces y nada sé ahora acerca del amor, porque nada supe hacer con él cuando lo tuve, bailando un vals conmigo, agarrado a mis manos. Supongo que nada sabía entonces y nada sé ahora acerca del amor, porque nada se hacer con él cuando lo tengo ante mis narices.
Imagino que el tiempo terminaría por barrer aquellos jóvenes pedazos que quedaron esparcidos, aquella noche, por la pista de baile del campamento de verano en la que culminé mi primera historia romántica. Y que alguien los recogería, para convertirlos en recuerdo…Pintura de Nina Cavallero, inspirada en el relato de Axel.

